Siento que será absurda e infructuosa la tarea de describir el chicha. A nosotros, en Argentina, la expresión más acabada de lo chicha nos llega desde Wendy Sulca (no sé si más acabada, es lo más cercano a conocer el chicha, al menos). Pero claro, la lectura es errónea. La tentación es pensar en un alto grado de ingenuidad, o en una malvada mano latinkitsch detrás del hacedor de esos videos.
A uno de los ensayos vinieron a ayudarnos con cuestiones del lenguaje dos amigas peruanas, Kati Montes y Tania Ruiz. Hablamos mucho, nos contagiaron su entusiasmo, y nos fueron de gran importancia en la asesoría, desde en entrenarnos algo del tono del habla, hasta en darnos cierto background de novelas peruanas, o películas. Hablamos, por supuesto, de la cultura chicha, y recién en esa charla terminé de comprenderlo todo.
La chicha, siendo reduccionista (no me propongo antropólogo) surge del cruce de la cultura provinciana o andina con la cultura de la ciudad (Lima). Es altamente popular. Lo que surge, sus productos (musicales, por caso) no son parodia. Son. Simplemente eso. Son. No es un gusto por el mal gusto, porque eso sería pose (eso anularía el gesto, aún más, afirmaría el gusto por el gusto). Eso sería kitsch, o camp. Acá en Argentina (en Buenos Aires debería decir), justamente, estamos tentados a eso, al camp. A tomar la expresión por su disfunción, en una pose irónica y elitista. Por eso fue importante no leer camp a la chicha. Lo chicha no da para camp. Lo chicha niega el gusto. Lo chicha niega el juicio estético. Es una estética sin parámetro. Un anti-canon. Una estética popular y subversiva.
Allí donde no pensaba encontrar nada, encontré un germen revolucionario. Una revolución formal (¿acaso no lo son todas las revoluciones?)
De esto, surgió un segundo problema. Hacerla con actores entrenados y en Buenos Aires era inevitablemente, si queríamos hacernos los chicha, un gesto falso. Así, las decisiones estéticas tienen un devenir chicha, pero son otra cosa, otra cosa que se sirve de los mismos elementos (populares, anticanónicos, mixtura de diferentes géneros), con la intención de generar una experiencia análoga verdadera, con el afán de reproducir esa subversión formal, de crear nuestro propio lenguaje teatral chicha revolucionario.
Buscamos crear una expresión teatral que sea popular y que esté por fuera del canon. Discutir las relaciones de poder sobre el gusto. Discutir el occidentocentrismo. Actuar en contra del gusto. Desarmar el mecanismo del gusto, pero paradójicamente, afirmando la calidad. Porque no encontramos otra opción para negar el gusto, que negarlo por fuerza afirmativa, por intensidad de actuación, negar el gusto en donde el gusto pretendidamente progresista es burgués. Y allí, otra vez, la vieja lucha contra el realismo, la apuesta por la imaginación. La ficción: inventar nuevos mundos, crear algo que extiende los límites de la realidad. Crear, y creer: con la ingenuidad del chicha, con la ingenuidad de los amantes.
Buscamos crear una expresión teatral que sea popular y que esté por fuera del canon. Discutir las relaciones de poder sobre el gusto. Discutir el occidentocentrismo. Actuar en contra del gusto. Desarmar el mecanismo del gusto, pero paradójicamente, afirmando la calidad. Porque no encontramos otra opción para negar el gusto, que negarlo por fuerza afirmativa, por intensidad de actuación, negar el gusto en donde el gusto pretendidamente progresista es burgués. Y allí, otra vez, la vieja lucha contra el realismo, la apuesta por la imaginación. La ficción: inventar nuevos mundos, crear algo que extiende los límites de la realidad. Crear, y creer: con la ingenuidad del chicha, con la ingenuidad de los amantes.
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